1.VOCACIÓN RELIGIOSA

He entrado en esta comunidad sin ningún doble fin o interés personal sino por vocación, que he percibido en mi corazón, de dedicarme, con toda mi disponibilidad, al servicio de Dios, a mi santificación y al bien del prójimo, a través de la observancia de las reglas, de la disciplina, del ejercicio de las virtudes religiosas y del sagrado vínculo de la profesión religiosa.
Todo esto con la ayuda de Dios y mi buena voluntad.

2.VOCACIÓN ROGACIONISTA

Declaro haberme sentido atraído particularmente por este Instituto, y haberlo escogido no sólo porque está consagrado a las más hermosas obras de caridad espiritual y material, es decir: la salvación de los niños huérfanos y abandonados y la promoción humana y cristiana de los pobres y marginados; ni tampoco por alguna razón personal; sino, sobre todo, porque este Instituto quizá único en la Iglesia, se ha consagrado a la sublime misión indicada en estas palabras de Jesús: “Rogad al dueño de la mies para que envíe obreros a su mies” (Mt. 9.38), y se ha comprometido, con un voto, a obedecer este mandato del Corazón de Jesús que es la oración diaria para obtener buenos obreros para la Santa Iglesia, y la incansable y activa difusión de esa oración en todo el mundo, bajo el nombre de Rogación Evangélica del Corazón de Jesús.

Reconozco, pues, que la fiel obediencia a este mandamiento divino y su propagación universal pueden producir inmensos beneficios a la Iglesia y al mundo; y esto puede servir para que la mirada misericordiosa de Dios se incline hacia este Instituto, y ayude a cada uno de sus miembros, ancianos y jóvenes, a corresponder a tan gran vocación que han recibido.
Por lo tanto, reconozco y declaro que fue una gracia especial del Señor, que no merecí, mi vocación a entrar en este Instituto y la benigna aceptación de sus superiores; cosa de la que estoy profundamente agradecido, tanto a la divina bondad como a la caridad de mis superiores.

3.AMOR A JESÚS, AMOR A MARIA.

Para corresponder a la misericordia del Señor, siempre con la ayuda de su gracia y de mi buena voluntad, prometo públicamente dedicarme totalmente al ejercicio de las virtudes religiosas, especialmente las que constituyen la vida interior, que son:
Humildad de corazón, por la que tendré siempre presente que nada soy, y que soy el último de todos los consagrados.
Vivir constantemente en la presencia de Dios y su amor divino, porque cualquier acción que haga y toda mi existencia no quiere tener otro fin que este: amar a Jesús, sumo Bien, tal como El se merece; anhelar a Jesús, agradarle en todo, poseer a Jesús con el más ardiente amor y conformar totalmente mi voluntad a la suya. Jesús esta presente en lo íntimo de mi corazón y en lo profundo de mi alma, me estimula a amarle, me pide amor, me atrae a sí, deseoso de que me asemeje a El, y se entristece cada vez que le soy infiel. Con el oído espiritual de mi alma, le escucharé cuando me pide almas y me invite a sacrificarme por su amor y por amor al prójimo. El sólo nombrar a Jesús debe ser para mí un despertar a su divina presencia y a todos los motivos que tengo para amarle, como criatura suya, redimida por El, como su sacerdote, como llamado por El, como suyo por todos los dones y gracias personales que me ha concedido. Inclinaré la cabeza al pronunciar y la oír el nombre de Jesús.
Después de Jesús y en El, amaré a su Santísima Madre Maria, como mi gran consuelo, cuya devoción es una contraseña especial de este pío Instituto.

4. LAS DISTINTAS DEVOCIONES.

Procuraré ser interiormente piadoso y devoto, antes que parecerlo tan solo por fuera.
Celebraré con recogimiento y devoción las fiestas y novenas de Nuestro Señor, de la Virgen y de los Santos, tal como se acostumbra a hacer en nuestro Instituto.
Tendré un cariño y una devoción especial por los ángeles y los Santos, y en primer lugar por el Patriarca San José, San Juan Bautista, San Miguel Arcángel, los Ángeles Custodios, Santa Ana y San Joaquín, los Santos Apóstoles, los Santos Mártires, los Santos Patronos, los Santos Celestes Rogacionistas, y por los Santos y Santas que mayormente se veneran en nuestros institutos, y de manera especial po

r San Antonio de Padua.
Siento una gran alegría porque en este Instituto hay una particular compasión y devoción hacia las almas del purgatorio; yo me esforzaré en cultivar en mí esa devoción y compasión siendo activo en el sufragio por estas almas. Igualmente, he aprendido la saludable costumbre de entrar a formar parte de muchas Cofradías o Asociaciones de Nuestro Señor y de la Virgen, de los Apóstoles y de los Santos, para ganar su protección y gozar de muchas ventajas espirituales; así mismo adherirme a varias Ordenes y Congregaciones Religiosas, para participar de sus bienes espirituales; sentiré mucho aprecio por esta misericordia de Dios, y por ella daré gracias al Señor y a mis Superiores. Especialmente procuraré inscribirme a la santa esclavitud de amor de la Virgen, según el espíritu de San Luis María Griñón de Montfort.

5. AMOR A LOS NIÑOS Y A LOS POBRES.

En quinto lugar, para ejercitar la vida interior, cultivaré el amor al prójimo, tratando de formarme un corazón tierno, compasivo y cariñoso hacia mis hermanos.
Dado que esta Pía Obra se ha consagrado a la salvación de los niños, procuraré, en cuanto la obediencia me lo permite, dedicarme al bien de los niños, internos y externos; y en el corazón alimentaré el ardiente deseo de que se salven todos los niños del mundo; y esto se lo pediré calurosamente a Jesús y a la Virgen.
Amaré y respetaré a los pobres, con espíritu de fe y de caridad los consideraré como miembros sufrientes del Cuerpo Místico de Jesucristo; tendré siempre presente lo mucho que El ensalzó a los pobres, declarando como hecho a sí mismo lo que se haría a ellos.
Deploraré el que la sociedad, por ignorancia y egoísmo, los desprecie y margine por su condición, cosa que hacen también a menudo muchos cristianos, y yo, caminando por el sendero de la perfección religiosa, los tendré por personas importantes, como príncipes delante de Dios, acordándome de esas palabras divinas: “El nombre de ellos es honorable ante Dios” (Sl. 71, 14). Los compadeceré aún cuando sean molestos; los socorreré y haré que los socorran; los serviré acercándome a ellos y los ayudaré a que se acerquen a Dios.
Igualmente seré solícito y compasivo con los enfermos y moribundos, porque estas obras de caridad son las que mas agradan a Jesucristo.
El mandamiento de amar al prójimo como a nosotros mismos es el medio más eficaz para santificarme.

6. LA ROGACIÓN EVANGÉLICA.

Declaro que estos preceptos de caridad serán la finalidad de mi vida religiosa en este Instituto. prometo, pues, que guiado por la santa obediencia, no escatimaré nada por el bien espiritual y material de mi prójimo. Y para extender la posibilidad de caridad a todo el mundo, como abrazo intencionado y universal con los mayores bienes espirituales y temporales, como a mi prójimo presente y futuro, estimaré como medio muy eficaz la Rogación Evangélica del Corazón de Jesús, que es la misión especial de este Instituto. Elevaré, pues, súplicas al Altísimo con esta finalidad, durante la celebración de la eucaristía, en el momento de la comunión, en la oración, en la visita al Santísimo Sacramento, en el rezo del rosario; y no dejaré de exhortar a mis hermanos, y especialmente a los chicos de la catequesis, a que hagan lo mismo.

7. LOS VOTOS RELIGIOSOS

Reconozco que la esencia de la vida religiosa consiste en los tres votos de pobreza, obediencia y castidad.

a. POBREZA

En cuanto a la santa pobreza, declaro reconocerla como perla preciosísima y como fuerte cimiento, no sólo de mi vocación, sino de la existencia del Instituto. Al entrar en él, me comprometo a vivir con entusiasmo la pobreza evangélica, tal como la practicó Jesucristo, la Virgen y los Santos. La consideraré como fuente de inestimables tesoros celestes, y creeré firmemente que, mientras este Instituto sea pobre evangélicamente, y se gloríe de su pobreza, estará firme y sólido, y progresará cada día más. Si en cambio se relajara en el amor y la práctica de la santa pobreza, se arruinará, como ya ha ocurrido desgraciadamente en muchas otras casas religiosas.
Por eso, estaré muy atento a no caer en las faltas contra la pobreza, para que mi mal ejemplo no constituya un triste inicio de relajamiento para los demás, en esta virtud y voto tan importante.
Es más, con la ayuda del Señor y mi buena voluntad, prometo que, en los casos de controversia o de interpretación de puntos de la regla, me inclinaré siempre por la parte más rígida de la pobreza evangélica y, en cuanto a la práctica, prometo abrazar la pobreza en toda sus manifestaciones, en la forma aquí significada: Mientras las reglas de este Instituto admitan el dominio radical de lo que se posee, lo viviré con desapego interior, y estaré dispuesto incluso a renunciar a ello, si en un futuro las Reglas de esta Congregación, discutidas por el Capítulo y aprobadas por la Autoridad Superior, obligaran a la renuncia.
No retendré nada de los frutos del capital, sino que lo entregaré todo a los Superiores, autorizándoles también legalmente a su exacción, si fuera preciso. Igualmente, no me quedaré ninguna parte del dinero de las misas o de las predicaciones, o de otras limosnas, sino que lo entregaré todo inmediatamente al Superior o al que le sustituye.
No consideraré como cosa mía ni la habitación, ni los muebles, ni los libros, ni los vestidos, ni la ropa, ni nada, sino que recibiré todo del Instituto, como una caridad; por eso nunca diré: mi habitación, mi ropa, mis objetos; sino: la habitación donde vivo, las prendas y los objetos que utilizo.
Prometo que amaré la santa pobreza con todas sus incomodidades, a ejemplo de Jesucristo pobre y crucificado. Por eso, si me faltara algo que no puedo conseguir, me conformaré y sufriré con amor esa privación. En cambio, gozaré de tener la habitación pobre, pobre el vestido, pobre la cama, pobre la comida y cualquier otra cosa.
Rezaré siempre al Señor para que me dé el espíritu de la santa pobreza.

b. OBEDIENCIA.

En cuanto a la Santa Obediencia, reconozco que esta virtud constituye la vida y la esencia de cualquier Instituto religioso; y así como todo el universo subsiste porque los elementos obedecen a las leyes establecidas por la Voluntad Divina, y en caso de que pudieran desobedecer esas leyes toda la creación se disolvería en un momento, así también reconozco que sin la fiel y perfecta obediencia, una casa religiosa no podría subsistir porque le faltarían los medios naturales y sobrenaturales de su existencia.
Reconozco que la virtud de la obediencia es un medio para santificarse y unirse a Dios, porque obedeciendo al Superior y a las Reglas, se cumple perfectamente la voluntad del Altísimo. Reconozco que la Obediencia Religiosa es la virtud más cierta, más segura y más breve para llegar a gran perfección; y que una casa religiosa donde todos obedecen religiosamente es un reino de Dios en la tierra. Reconozco que la humilde obediencia es perfecta imitación de nuestro Señor Jesucristo, que quiso hacer siempre la voluntad de su Padre, y se hizo obediente hasta la muerte en la cruz; y que por esta vía el alma obediente se transforma en Jesucristo.
Al contrario, reconozco que la desobediencia es una especie de imitación de Lucifer, que dijo: “No serviré”, y una especie de transformación en él; que incluso las buenas acciones se convierten en malas, si están prohibidas por la obediencia: mientras que, al contrario, las acciones mas indiferentes cobran un gran mérito si se hacen por obediencia. Dicho esto, tendré siempre presente ese dicho del Espíritu Santo: “El varón obediente hablará de victorias”; y entonces procuraré con todas mis fuerzas, incluso forzándome a mi mismo, obedecer en todo a mis Superiores y a mis Reglas y Constituciones. Y para que mi obediencia sea hecha en el Señor, y sea provechosa a mí y al Instituto, declaro:
1. Que abandonaré desde este momento, sin restricción alguna, mi voluntad en manos de mis legítimos Superiores, según sus competencias jerárquicas.
2. Que no me obstinaré nunca en mi juicio ni en mi opinión, sino que, obedeciendo exteriormente quiero obedecer también interiormente, uniformando mis juicios y mis puntos de vista a los juicios y puntos de vista de mis Superiores.
3. Prometo que obedeceré siempre por motivos sobrenaturales – o sea que en la persona de los Superiores veré siempre la persona del mismo Jesucristo- y por amor a Dios, para agradar al Corazón S.S. de Cristo, para santificarme y salvarme y para dar buen ejemplo a los demás. Prometo obediencia no sólo en las cosas que son de mi gusto y placer, sino también en las que me repugnan, teniendo presente que en esto consiste el verdadero mérito de la obediencia, y que el reino de Dios se conquista con el santo rigor.
4. Que mi obediencia será pronta, es decir, sin dilaciones, dejando enseguida cualquier otra ocupación; alegre, es decir, hecha con gusto interno y externo, por lo menos en cuanto a la voluntad, teniendo presentes esas palabras del Apóstol: “Deus diligit hilarem datorem”; entera, es decir, cumpliendo enteramente las órdenes de mis Superiores, y uniendo a ellas el consentimiento de mi voluntad; sencilla, sin adulterar o confundir o allanar a mi gusto las órdenes de mis Superiores; fiel y constante, es decir, cumpliendo las órdenes o los encargos recibidos sin soslayarlos o descuidarlos o dejarlos poco a poco; y lo mismo también acerca de los puntos de las Constituciones y de las reglas.
5. Finalmente declaro que no haré nada sin obediencia; por eso, si tengo que salir, si tengo que dispensarme de algún punto de la regla; si tengo que comer o beber fuera de las comidas por necesidad; si tengo que atender a personas, o por cualquier otra cosa, pediré siempre los permisos a los Superiores o al que les sustituya, excepto que algunos de esos permisos ya los haya pedido por un mes y me hayan sido concedidos. En cuanto a recibir o enviar cartas y mensajes, también pasarán por mis Superiores.

c. CASTIDAD.

En cuanto a la santa castidad, ¿qué diré y que promesas haré para observar esta excelsa virtud y voto?, reconozco que esta es la angélica virtud que Jesucristo trajo a la tierra, para darla como dote a sus elegidos y a las almas afortunadas, a las que El llama misericordiosamente a la unión de amor más íntima mediante la vida religiosa. Reconozco que esta es una gracia muy especial, que eleva el alma a la vida de los ángeles y la admite a las bodas místicas del Cordero Inmaculado; pero no todos comprenden esta palabra, sino solamente esos elegidos entre miles a los que el Altísimo llama al sacerdocio o a la vida religiosa.
Reconozco que esta virtud y voto es uno de los deberes más sagrados del sacerdote y del religioso, y que faltar voluntariamente, aunque sea venialmente, contra esta virtud y voto emitido, es el principio de una funesta relajación en toda las demás virtudes, ofusca la mente, debilita las fuerzas espirituales, permite al demonio redoblar sus tentaciones y encamina el alma hacia la ruina total.
Por eso, si no soy casto de alma y cuerpo, de mente y corazón, tampoco soy humilde, obediente, sincero, observante; no soy ni sacerdote ni religioso.
Reconozco que el religioso que comete pecado contra la castidad se hace indigno de seguir en la Congregación y merece ser expulsado; y que una Congregación que tolerara a un miembro tan podrido en su seno, o una Congregación en la que se ofendiera a Dios con este pecado aunque fuera ocultamente, estaría ya deteriorada ante el Altísimo; Dios retiraría sus bendiciones, el demonio comenzaría a señorearla, los buenos principios se pervertirían y todo se desmoronaría.
Hechas estas premisas, prometo que apreciaré siempre la excelencia y la importancia de la castidad y diariamente pediré con mucho fervor ayuda al Corazón de Jesús, a la Virgen Inmaculada, a los Ángeles, a los Santos y a mi Ángel de la Guarda, para custodiar, inmune de la mas pequeña mancha, la santa castidad. Resonarán siempre en mis oídos esas palabras del Salmista: “Que hace ángeles a sus ministros”, y como sacerdote pensaré que he sido constituido ángel por el ministerio de la castidad, y como religioso oiré resonar en mi corazón esas palabras del Cantar de los Cantares: “Qui pascitur inter lilia”, es decir, que Jesús goza estando entre los lirios, que son precisamente las almas castas; y así seré con la ayuda divina, que nunca podrá faltarme si esta es mi voluntad.
Y ahora, delante de Jesús, mi máximo bien, delante de la Virgen Maria, de los Ángeles y de los Santos, y delante de mi conciencia, protesto, declaro y prometo que trataré con todas mis energías, hasta el último suspiro de mi vida, de cultivar la castidad interna y externa.
Interna, es decir, conservando mi mente y mi corazón libre de imágenes, sugestiones y tentaciones, al menos en lo que dependa de mi fuerza de voluntad, y enamorándome siempre más de esa virtud angélica.
Externa, es decir, prometo que vigilaré mis ojos y mis sentidos, no trataré familiarmente con mujeres, no las miraré nunca a la cara, y si tengo que tratar con ellas, me pondré de perfil, mis palabras no serán más que las indispensables, también si tengo que hablar con chicas, y nunca me dejaré besar la mano.
En estas Obras del Corazón de Jesús, además del Instituto de los Rogacionistas, está también el de las Hijas del Divino Celo; los dos están separados, o sea que el de las mujeres no depende del de los hombres, y sin embargo, como hay relación de asistencia espiritual de un Instituto hacia el otro, prometo de todo corazón que nunca me acercaré al Instituto femenino, ni de ninguna manera mantendré relaciones con personas de ese Instituto. En caso de ser obligado por la obediencia, prometo emplear todas las cautelas posibles: modestia en las miradas y en las palabras, no prolongar las justas relaciones mas allá del tiempo establecido o conveniente, no meterme a conversar con ninguna, informar de todo a los Superiores una vez terminada la visita o encuentro.

8. MORTIFICACIÓN.

Para guardar la santa castidad, además de utilizar todos los medios y cautelas ya mencionados, amaré la mortificación, la penitencia y la disciplina de la regla. En cuanto a la mortificación y a la penitencia, además de los actos de humildad interior y de contrición continua de mis culpas y de mi vida pasada, no me molestaré en caso de que me dejen de lado o me pospongan, sino que me consideraré digno de los peores tratos y callaré; y si tengo que manifestar alguna necesidad lo haré con calma y santa sencillez.
En cuanto a la mortificación de la gula, que tendré siempre por muy importante, en primer lugar cumpliré escrupulosamente todos los ayunos y abstinencias mandados por la Santa Iglesia, y si me lo impiden razones de salud o de otra clase, las someteré a los Superiores con santa sencillez y verdad, y me atendré a su juicio; lo mismo haré en lo que se refiere a los alimentos tomados en común; en todo caso me desprenderé del placer y del gusto de los alimentos.
Seguiré en todo las costumbres de la Comunidad acerca de las otras mortificaciones y penitencias, como por ejemplo las abstinencias del primer viernes de mes, y de otros días del año, las prácticas de las flores de mayo, de junio y de otras novenas, la oración nocturna de una hora y más en algunas vigilias y otras fiestas especiales de la casa; el silencio prescrito por la regla; el servicio a los pobres y algunas veces lavarles los pies; la disciplina, en común o en privado, si así se usa, del cilicio una o dos veces a la semana por el tiempo establecido; sin embargo, por justas razones, esas penitencias podrían serme conmutadas.
En caso de que se me impongan penitencias por culpas cometidas, me declararé dispuesto a cumplirlas.
Reconozco que para la buena marcha de la comunidad, es necesario que se haga todo según un horario y que cada uno participe en los actos comunitarios. Así que prometo que seré fiel al horario, al toque de la campana, desde que me levante de la cama, en los actos comunitarios de la oración, en el comedor, durante la lectura espiritual, en las plegarias comunes, en las salidas, en el descanso y hasta que me acueste; y no me ausentaré nunca de estos actos comunes, sin permiso expreso o previsto.
En cuanto a la disciplina mandada por la regla, reconozco toda su importancia. Por eso mi comportamiento y estancia en comunidad no será más como la de quien vive en el mundo, o con los familiares, o entre los seglares. Me comportaré con la sensibilidad y atención que exige una Regla y un Instituto Religioso y las presentes promesas y declaraciones que acepto y suscribo; el buen ejemplo que debemos darnos el uno al otro, y especialmente el buen ejemplo que debemos dar a los pequeños y sencillos entre los que vivimos. Por lo tanto, en primer lugar, guardaré el santo silencio, según las reglas y las costumbres de la casa, y cuando tenga que hablar procuraré que mis palabras sean mesuradas y sabias. Hablaré en italiano (excepto en el caso de que, para que me entiendan los niños y los pobres, tenga que usar otro idioma); no murmuraré nunca de nadie; no criticaré faltando a la caridad; no me dejaré llevar por el mal genio, no reprenderé a personas sobre las que no tengo jurisdicción.
Tendré mucho cuidado, cuando esté en presencia de niños o de hermanos laicos o de extraños, de no hablar de cosas mundanas, o inútiles, o demasiado impresionantes, o poco edificantes o vanas u ociosas; o de noticias de periódicos, de homicidios, suicidios o parecidos, para alimentar o excitar la curiosidad.
Así mismo, delante de miembros de la comunidad, y más todavía ante extraños, me guardaré bien de quejarme de cosas personales, o de la comida, o del servicio o de otras cosas; y menos todavía de hechos o inconvenientes del Instituto, ni siquiera en presencia de nuestros atendidos, cuando esto pudiera causar extrañeza o poca edificación en los que escuchan. Me es lícito, sin embargo, decirlo a los Superiores, cosa que haré con humildad, mansedumbre y sencillez, cuando valga la pena hacerlo.
Amaré la limpieza, sin vanidad y excesiva preocupación, y de acuerdo con la pobreza evangélica aborreceré la intención de presumir.

9. ACEPTAR LAS CORRECCIONES.

Cuando mis Superiores me adviertan o me amonesten por faltas que vieran en mí, prometo ya desde ahora, con toda mi alma, que aceptaré con humildad de corazón las advertencias y amonestaciones y no me excusaré ni discutiré su decisión, sino que con corazón humilde y sencillo reconoceré que he fallado y procuraré corregirme, y en el caso de que vea que no he cometido esas culpas de que se me acusa, pensaré que quizá no las pueda reconocer por el ofuscamiento producido por mi amor propio, y por eso me humillaré doblemente en mi corazón.
Sin embargo, si con recta intención, tuviese evidencia de que realmente no he cometido ese fallo, o callaré por humildad y por prudencia, o me justificaré con calma y sencillez, por una o dos veces simplemente.

10. AMOR Y RESPETO RECÍPROCO.

Declaro haber aprendido con gran satisfacción que en este Instituto se valora mucho el amor y respeto recíproco; y que el mandamiento que nos dejó Jesucristo: Amaos los unos a los otros como yo os he amado, y que es el distintivo de los verdaderos cristianos, es precepto principal en este Instituto, como el de amar a Dios sobre todas las cosas, con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas.
Dicho esto, me comprometo totalmente, con la ayuda de la gracia divina y de mi buena voluntad, y prometo tener la máxima atención, en el cumplimiento de este santo amor. Procuraré formarme un corazón tierno, afectuoso y amable con todas las personas del Instituto, y pediré al Corazón Santísimo de Jesús este espíritu de caridad para con todos mis compañeros. Los amaré, me compadeceré de ellos, rezaré por ellos y procuraré, en cuanto de mi dependa, su bien como si fuera el mío.
Procuraré no admitir dentro de mí antipatía o rencor contra nadie, y mucho menos hacia quien me parezca contrario u ofensivo y en cuanto a esto prometo:
1. Que no creeré fácilmente que me hayan ofendido, pensando que mi imaginación y mi amor propio me hace exagerar algunas cosas pequeñas e interpretarlas mal.
2. Que si realmente alguien me ofendiera, no me enfadaré, le excusaré, le querré aún más, lo miraré con buena cara, le encomendaré al Señor, y haré lo posible por devolverle bien por mal
Junto con este santo amor, tendré hacia todos los miembros del Instituto, grandes o pequeños, Superiores o iguales y también empleados, el más sincero respeto, considerándolos en Dios, Sumo Bien, que los ha creado, los ha redimido con su Sangre preciosísima y los destina a poseerle eternamente. Por eso me cuidaré de no decir nunca ni la más mínima palabra ofensiva, y menos aún a un muchacho. Según la costumbre de este Instituto, llamaré a los sacerdotes con el título de V.R., a los hermanos coadjutores con el de Usted, a los pobres con el de Usted, y a los muchachos, parte con el Usted y parte con el tú.

11. COMPORTAMIENTO CON LA GENTE.

Por el buen ejemplo que todos estamos obligados a dar, por el honor del Instituto y mi provecho espiritual y el de los demás, me vigilaré y cuidaré el modo de tratar con la gente, ya sea que esté en contacto con ella dentro del Instituto o fuera de él.
Trataré a todos con prudencia, respeto y caridad.
Tendré cuidado de no enfadarme, de no murmurar, de no ofender a nadie, según el dicho del Apóstol: “No ofendiendo a nadie, para que no sea vituperado nuestro ministerio”. Seré paciente y amable con todos, especialmente con las personas molestas, con los pobres y con los enfermos; y si me ofenden, pasaré por alto sus injurias, según el dicho del Eclesiástico: “El sabio pasa por alto la injuria recibida; el necio descarga enseguida su ira”.

12. EN LA CASA DEL SEÑOR.

Reconozco que donde debo dar mayor ejemplo a todos es en la casa del Señor, es decir, en la iglesia, sea en las de nuestro Instituto, sea en las públicas.
Antes de entrar en la casa del Señor, tendré presente el dicho del Espíritu Santo: “Al entrar en el templo del Señor, observa tus pasos”. No entraré deprisa ni desconsideradamente, sino puntualmente, sosegadamente y con recogimiento. Me santiguaré con el agua bendita y luego adoraré arrodillado al Santísimo Sacramento. Al pasar ante el sagrario, estaré atento a hacer la genuflexión despacio y con recogimiento.
Durante el tiempo en que esté de rodillas en la iglesia, podré apoyar las manos en alguna silla o banco, y la frente en las manos para concentrarme, pero no doblaré el cuerpo en la silla o en el banco. No miraré de un lado para otro, ni me moveré. No hablaré con nadie, ni permitiré que me hablen, a no ser por motivos muy justificados y haciéndolo siempre en voz baja, sin moverme y por muy breve tiempo.
La oración comunitaria la haré acompasadamente, con voz suave y con devoción. Si me siento, cuando la regla común me lo permite, o por no poder continuar más de rodillas, estaré sentado con modestia y compostura.
Para que mi postura externa en la iglesia sea según las normas, trataré de estar interiormente recogido en la Presencia de Dios, ofreciendo al Señor alabanzas, acciones de gracias, súplicas y amor, y alejando toda distracción.

13. ACEPTACIÓN DE LOS CARGOS.

Prometo aceptar, por obediencia a mis Superiores, cualquier cargo que quieran darme, por humilde y penoso que sea; y cualquier cargo que se me confíe, prometo cumplirlo con exactitud y atención, aunque me cueste sacrificio. Si no pudiera hacerlo por motivos de salud u otros, lo expondré humildemente y con sencillez a mis Superiores, y luego sin más me atendré a su parecer.

14. DESAPEGO DE LOS FAMILIARES.

Declaro que una vez dentro de este pío Instituto, quiero vivir desapegado totalmente del afecto de los familiares, ya sean padres, hermanos, hermanas y también de mi patria natal. Por lo tanto, nunca estaré ansioso por volver con mi familia, aunque sea por poco tiempo, y si alguna vez hubiera algún motivo por el que me pareciera justo volver a casa de los familiares, me someteré plenamente y con santa indiferencia en esto al juicio y arbitrio de mis Superiores.
Seré moderado a la hora de escribir a los familiares o en exigir sus cartas o noticias; y si tengo que escribir, mi estilo será ejemplar, tal como conviene a un sacerdote y religioso, y en ningún caso impregnado de excesiva familiaridad.
No escribiré cartas ni recibiré mensajes sino a través de los Superiores, tal como he declarado en el artículo 7.
En caso de que vengan a visitarme mis familiares, informaré a mis superiores, por si quieren estar presentes durante mi entrevista; mis conversaciones, en todo caso, serán moderadas, ejemplares, invitando a obrar el bien y a frecuentar los sacramentos.
En general, además de encomendarlos al Señor, especialmente a mis padres y familiares mas cercanos, procuraré no tener demasiadas relaciones con la familia; mas bien, resonarán en mis oídos aquellas divinas palabras de Jesucristo: “El que no deje padre, madre, hermanos y hermanas…” o aquel otro dicho del Espíritu Santo: “Escucha hijo, e inclina tu oído y olvídate de tu pueblo y de la casa de tu padre”.
Consideraré, en cambio, como mis familiares, a los que estoy unido con vínculos mucho más fuertes que los de la carne y sangre, a todos mis compañeros, y diré con Jesucristo, Señor mío,: Mi padre, mi madre, mis hermanos, son todos aquellos que cumplen la voluntad de mi Padre.

15. OBEDIENCIA Y AMOR AL SANTO PADRE.

Voy ahora, con este decimoquinto artículo y con los cuatro que siguen, a hacer unas declaraciones y promesas, que reconozco que son de la máxima importancia.
En primer lugar declaro que, como cristiano por la Gracia del Señor, como sacerdote indigno de la Iglesia Católica, como miembro de una Congregación que tiene como primer objetivo el incremento del sacerdocio, prometo que tendré el máximo respeto, la más ilimitada sumisión y subordinación hacia el Sumo Pontífice de Roma. Lo respeto y lo respetaré siempre, hasta el último aliento de mi vida, como a la persona de Jesucristo, y con el mismo amor lo amaré y obedeceré. Todos los intereses del Sumo Pontífice, serán intereses vivísimos en mi corazón; sus palabras, aunque sean las pronunciadas “ex catedra” o en simple conversación, serán para mí palabras de salvación eterna. Todas las opiniones y maneras de pensar del Santo Padre serán regla de mis opiniones y mis maneras de pensar, por las cuales cambiaré mis propios juicios y sentimientos. Los dolores y las penas del Sumo Pontífice serán penas y dolores míos.
En la predicación, en las confesiones, en las conversaciones, transmitiré a los demás estos mis sentimientos de sumisión ilimitada y cariño filial para con el Vicario de Jesucristo. En mis propias plegarias, especialmente en la Eucaristía, al dar las gracias, en el rezo del oficio divino, en la oración del rosario, mi primer motivo será el Sumo Pontífice y todas sus santas intenciones. Si el Santo Padre publica una encíclica o hace unos discursos, y tengo la dicha de leerlos, trataré de captar su sentir, y obedeceré exactamente a todo o que el mande o aconseje.
La persona del Santo Padre será para mí sagrada y adorable, y si tuviera la suerte de ver alguna vez al Sumo Pontífice, consideraré como grandísimo honor el poder besar y volver a besar sus venerables pies e incluso el polvo que ellos pisan.
Declaro todo esto:

  • 1. Porque reconozco que es voluntad de Jesucristo que de tal forma se honre, se ame y se obedezca a su Vicario, porque el Señor esto lo considera como hecho a sí mismo.
  • 2. Porque todo esto está en nuestra regla y pertenece al espíritu profundo de este humilde Instituto.
  • 3. Porque yo lo experimento profunda e íntimamente.
  • 4. Porque reconozco que de esta sumisión al Sumo Pontífice provienen todas las bendiciones de Dios a cada Instituto y a cada alma; y que, al contrario, el debilitamiento de esta sumisión, bajo pretexto de inoportunas distinciones entre “ex catedra” y “non ex catedra”, entre persona y carácter sagrado, es el comienzo de graves caídas para los individuos y de ruina para las comunidades.

16. HACIA LAS SAGRADAS CONGREGACIONES.

Por esta ilimitada subordinación y dependencia hacia el Vicario de Jesucristo, deseo que madure en mí una perfecta sumisión de mente y corazón, de voluntad y el más alto concepto y respeto hacia todas las Congregaciones Romanas, por todas sus decisiones, sentencias y opiniones, hacia todos sus actos y decretos. Todo lo que una Congregación Romana diga o decrete o decida o manifieste, será para mí una palabra infalible. Por lo tanto no admitiré de ninguna forma distinciones teológicas acerca del menor o mayor valor de lo que diga o decrete, como antes dije, sino que lo aceptaré todo con santa sencillez, como un niño acepta las explicaciones y órdenes de su maestro.
Creeré, en cualquier caso, que a través de las Congregaciones Sagradas habla el Espíritu Santo, que las asiste y dirige; someteré todas mis opiniones y doctrinas, con firme convicción, a las opiniones y juicio de cualquier Sagrada Congregación Romana.

17. HACIA TODA LA JERARQUÍA ECLESIÁSTICA.

Declaro que consideraré como santa y celeste a la Jerarquía Eclesiástica, y por eso tendré un inmenso respeto y obediencia hacia todos los prelados de la Santa Iglesia, especialmente a los Cardenales y los Obispos, considerando a los unos como Príncipes de la Iglesia, y los otros como sucesores de los Apóstoles, como Sumos Sacerdotes de la Iglesia de Jesucristo, fieles centinelas del místico Israel.
Hablaré siempre bien de los Prelados de la Santa Iglesia y en caso que tuvieran algún defecto evidente, los disculparé o trataré de encubrirlos; y sobre todo, desde mi indignidad, pediré siempre al Sumo Dios por todos los insignes Prelados de la Santa Iglesia, y especialmente por los cardenales y Obispos que la gobiernan.
Dado que esta humilde Congregación posee la singular gracia y privilegio de la Sagrada Alianza de los más insignes Prelados de la Iglesia, además de los dos Cleros, yo declaro que tomaré muy a pecho esta Sagrada Alianza, y en cuanto este en mí, haré lo posible por acrecentarla, para que se beneficien enormemente nuestros Institutos.
Como conclusión de este artículo, declaro que en las oraciones de la Rogación Evangélica del Corazón de Jesús, de la que hago voto en esta Congregación, pondré una especial intención, para que el corazón de Jesús envíe siempre a su Iglesia Cardenales y Prelados santos y doctos, llenos de todas las virtudes más excelentes, en todas las diócesis.

18. OBEDIENCIA AL ORDINARIO DEL LUGAR.

De una manera aún más especial que a todos los otros Obispos, declaro que quiero honrar, amar, respetar y obedecer con humildísima sumisión al Ordinario de la Diócesis, del que este Instituto y sus miembros, en cualquier casa, dependieran canónicamente.
Ya sea que nuestra Congregación fuera diocesana o no; resida en uno u otro lugar, todos los derechos que las Bulas Pontificias o el Derecho Canónico confieren a los Obispos sobre las Congregaciones en general, o sobre las casas y sus miembros en particular, todos me propongo respetarlos y considerarlos como obligación de perfecta supeditación, estima y respeto, amor y confianza; dentro de estos límites y en el ejercicio de estos derechos y de los deberes consiguientes, consideraré al Ordinario como Superior Mayor o General de la Congregación. Y así, en todo aquello que debo prestarle obediencia, quiero obedecerle y honrarle con preferencia sobre los Superiores del Instituto.

19. CON LOS SUPERIORES DEL INSTITUTO.

Como conclusión y final de cuanto he dicho en los artículos 15, 16, 17 y 18, declaro en este artículo 19 que toda la práctica de Santa Obediencia, sujeción, subordinación, estima y cariño, quiero resumirla, como norma inmediata de cada acción mía, en la obediencia, respeto, estima, subordinación, amor santo y filial confianza hacia los Superiores y dirigentes de este Instituto; en primer lugar hacia el Padre General, y luego hacia todo aquel que a mi parecer estuviese investido de autoridad y gobierno en calidad de representante suyo.
Tendré hacia tales Superiores un corazón de súbdito y dependiente, pero al mismo tiempo de hijo afectuoso en Jesucristo. Me formaré el más alto concepto de esta dependencia y subordinación, teniéndola como base de la existencia del Instituto y de mi vida religiosa.
Me sentiré orgulloso de esta dependencia, en honor del orden sapientísimo establecido por el Sumo Dios al crear la familia humana y la sociedad, en el que el hombre no puede encontrar el camino de la salud y de la verdad sin depender de otro hombre. Me gloriaré en honor de Nuestro Señor Jesucristo, que por nuestro amor se hizo súbdito de sus criaturas y nos enseñó y estableció la dependencia de los poderes humanos, eclesiásticos y civiles para que quedara humillado el orgullo humano, tal como se expresa el Salmista: “Constituye legisladores sobre ellos, para que sepa la gente que son hombres”(Salmo 9, 21), y según el dicho del Apóstol: “Todo pontífice, tomado de entre los hombres, es constituido para intervenir a favor de los hombres en sus relaciones con Dios, para que ofrezca dones y sacrificios por los pecados” (Hebreos, 5, 1).
Consideraré falsa cualquier otra clase de subordinación y afecto hacia el Sumo Pontífice, hacia las Sacras Congregaciones, hacia los Prelados de la Santa Iglesia, y hacia el propio Ordinario, si no acepto una subordinación total y no muestro un sincero y filial afecto hacia los Superiores inmediatos. Porque si el Apóstol San Juan, a propósito del amor al prójimo, dirigiéndose al que pretende amar a Dios sin amar al prójimo, así se expresa: “Si tú no amas al prójimo que ves” es decir, al que siempre tienes ante ti, “¿cómo puedes decir que amas a Dios al que no ves?”; yo me diré a mí mismo: ¿cómo podré ser obsequioso, obediente y amable con el Sumo Pontífice y los Prelados de la Santa Iglesia, de los que vivo lejos, si no estimo, no obedezco, no escucho, no quiero a mis superiores inmediatos, a los que siempre tengo cerca?. Cualquier sentimiento que yo pueda albergar dentro de mi contra mis Superiores o contra sus órdenes, lo consideraré como un principio de rebelión suscitado en mi por Lucifer, que se rebeló contra el Supremo Poder Divino, y que suele trastornar las Comunidades suscitando en sus súbditos este espíritu de soberbia.
Si se da el caso de que, como suele aún practicarse en otros Institutos religiosos como ejercicio de humildad y obediencia, fuera propuesto en la dirección un simple hermano laico, declaro que con el mismo espíritu de subordinación, de respeto y de humildad, lo escucharé, obedeceré y estaré sujeto a él como a cualquier otro Superior.
Tendré gran confianza en los Superiores y les confiaré alguna vez mis penas y tentaciones, como hijo a su padre, y con santa simplicidad, creyendo con fe, que por este camino el Altísimo se decantará en mi favor y me dará consolación. Empequeñeceré ante mis Superiores, cualquiera que sean los dones que me haya concedido el Señor Misericordioso, y como un niño me pondré en sus manos, para corresponder a esta celeste enseñanza: “Si no hacéis como los niños, no entrareis en el Reino de los Cielos”.
Con esto entiendo que mis Superiores no tendrán comedimiento alguno respecto a mi miserable persona, con plena libertad me podrán mandar y dirigir y yo me gloriaré en escucharles y obedecerles, acordándome de aquellas palabras dichas por Jesucristo a sus discípulos y a todos aquellos que legítimamente en la Iglesia están puestos a su frente: “Quien a vosotros escucha a mi me escucha, y quien a vosotros desprecia a mi me desprecia”.
Con este ánimo recibiré de los Superiores o Dignatarios sus advertencias e instrucciones, las amonestaciones, las órdenes, y sus instrucciones y reproches, o las penitencias, como si Jesucristo mismo me hablara por su boca y obrase con sus acciones.
Miraré mi entorno, y viendo conmigo hermanos sacerdotes, hermanos coadjutores, jóvenes estudiantes, me cuidaré de dar el más mínimo mal ejemplo en algo tan importante y esencial; más aún, me esforzaré en consolidar continuamente, si es posible, la autoridad y gobierno de mis Superiores, aunque sea a costa de mi humillación y abatimiento. Utilizaré con mis Superiores también aquellos signos externos de respeto que se acostumbran en nuestro Instituto sea al verles, saludarles, llamarles o sea al tratarles, responderles o al recibir sus órdenes y similares.
Una cosa me queda por agregar como final de este importante artículo XIX; y es que me propongo no ambicionar cargo alguno y resistirme humilde y prudentemente si se me quisiera dar; y solo aceptarlo cuando me vea obligado por Santa Obediencia. Si para mi castigo el Señor dispusiera que yo sea elegido y obligado por Santa Obediencia a cualquier superioridad –y me fuese impuesta jurisdicción o superioridad sobre los otros-, desde ahora declaro que me consideraré como siervo y último de todos, si bien me sentiré en el deber de ser el primero en la observancia, ejercicio de la virtud religiosa, en sacrificios a cumplir y en el buen ejemplo en todo. Cuando esto ocurriese, ejercitaré con temor y trémulo mi cargo, rogando incesantemente al Señor que me de su luz y su ayuda, y tendré presentes todas las normas de los santos escritores sobre la prudencia, discreción y caridad en el gobierno, además de aquellas acerca del celo y fortaleza con que se debe exorcizar o reparar la ofensa a Dios, eliminar los abusos, oponerse al relajamiento aunque sea en cosas pequeñas, impedir el escándalo y reprender a los obstinados.

20. OFICIO DIVINO, SANTA MISA Y SANTÍSIMA COMUNIÓN.

Si hasta ahora, como sacerdote, he entendido como obligación el deber de prestar particular atención, devoción y recogimiento en el rezo del Oficio Divino y en la celebración de la Eucaristía, ahora que pertenezco a una pía Institución que mira en modo particular por el aumento del sacerdocio católico, me propongo redoblar, con la gracia del Señor, mi atención, devoción, fervor y recogimiento en el rezo del Oficio Divino y en la celebración de la Eucaristía y en los Ritos Sagrados.
Por lo que se refiere al Oficio Divino, lo rezaré puntualmente y con corazón compungido, apreciando lo sublime de las divinas palabras de las divinas oraciones y lecciones. Haré todo lo posible por no dejar para última hora parte alguna de la Liturgia de las Horas. Al rezar el oficio Divino pondré intención en honrar al santo del día, obtener buenos operarios para la Iglesia, obtener la divina misericordia para nuestros Institutos, por el sufragio de las almas del purgatorio, por la conversión de todos los pecadores, y por los intereses del Sagrado Corazón de Jesús. Cuando los breviarios se estropeen y ensucien por el uso, pediré su renovación a los Superiores.
En cuanto a la Santa Misa, de la que se hace cuenta muy particular en este Instituto, pensaré en lo sublime de este misterio por aquello que es. Reconozco y reconoceré cuán indigno soy de ascender al altar. Quiero que toda mi vida sea una continua preparación y un continuo agradecimiento por la celebración del gran Sacrificio y por la Santa Comunión Eucarística. Esto lo asumo como una ley, como por otra parte está prescrito importantemente por nuestras Constituciones, prepararé antes la eucaristía arrodillado y durante unos minutos. Antes de la misa evitaré toda distracción o conversación y guardaré perfecto silencio. Durante la celebración, pronunciaré a tiempo, con voz compungida y sin precipitación cada palabra, ya desde el “introito”. Estaré recogido cuanto me sea posible ante la Divina Presencia, no miraré al público, girándome al pueblo; procuraré ante todo observar con exactitud las rúbricas, que tanto en tanto estudiaré. Me cuidaré, antes de la celebración de la Santa Misa de consultar atentamente el ordinario y prepararla bien en el misal, para no cometer errores u omitir o cambiar cualquier parte. Si en esto cometiese algún error, aunque fuera involuntariamente, me acusaré ante el Superior y le pediré penitencia. Estaré atento a que los ayudantes en el servicio de la Eucaristía actúen correctamente, y si el acólito yerra en las palabras o está despistado, lo amonestaré aún mas severamente si es necesario; y esto lo consideraré importante. Después de la Santa Misa daré gracias durante al menos veinte minutos, retirándome aparte en la misma iglesia o en la sacristía, aunque a veces podré prestarme a alguna obra de caridad o del ministerio. Jamás aceptaré café o cualquier otra cosa antes de dar las gracias, explicando el rechazo con santa franqueza y para edificación de los fieles, diciendo:”Nosotros no tomamos nunca nada si antes no hemos dado las gracias por la Eucaristía”. La acción de gracias la haré indispensablemente, parte con la mente y en parte rezando o recitando la liturgia de las horas o mentalmente. En la acción de gracias me recogeré íntimamente en la presencia del Sumo Bien, expresando adoración, ofrecimiento, arrepentimiento, gracias y fervientes actos de amor, con fervientísimas súplicas para obtener la gracia para mí, para los Institutos, para la Iglesia y para todos, especialmente para que el Corazón Santísimo de Jesús llene de santos la Iglesia, en todas las capas de la sociedad y sobre todo entre el clero. Celebraré cada día la Misa, si me es concedido por la Divina Bondad, a toda costa y haré lo posible por no omitirla ni siquiera estando de viaje. Si sucediese que por motivos de salud o por un motivo inevitable en un viaje, debiese dejar de celebrarla, estaré tranquilo, me humillaré ante el Señor, y con paz me conformaré a la Voluntad Divina. Sin embargo, si pudiera comulgar, comulgaré.
La intención especial de la Santa Misa la dejo a mis Superiores, para que dispongan de ella diariamente como crean, excepto por las obligaciones en conciencia contraídas antes de mi ingreso en el Instituto. Cuando la intención especial quede al arbitrio del Superior, pondré todas mis otras intenciones en el interés general, y “sub conditione” también en el interés especial, según la opinión probable, no cierta, que siendo este interés infinito, se puede aplicar por cuantas intenciones se quieran. Estas intenciones serán ordinariamente las mismas que aplicaré en el rezo del Oficio Divino, como mas arriba he especificado en el presente artículo.
He aprendido que este Instituto tiene por regla querer fruir para todos de sus quehaceres espirituales y temporales, por las almas del purgatorio, del inestimable valor de los intereses de todas las Eucaristías que celebran sus sacerdotes, presentándolas con esta finalidad ante el Altísimo, por esta razón no se buscan jamás limosnas de Santas Misas, y si se reciben, se dan preferentemente a los demás; así, no me afanaré por conseguir limosnas de Misas para el Instituto y las rehusaré si es posible; y si no conviniera rechazarlas, las aceptaré para entregarlas al Superior, especificándole nombre, apellido, intención y todo.
Por lo que se refiere a la celebración de otros Ritos Sacros, los consideraré como un servicio del Altísimo y procuraré cumplirlos con exactitud, y atendiéndome siempre a la Santa Obediencia por lo que se refiere al encargo que tengo que cumplir, sin pretensiones por amor propio o desear este u otro oficio como mejor, considerando este defecto como una especie de profanación de las cosas santas. Estudiaré cuanto pueda las rúbricas de cada rito.

21. EL MANDATO DIVINO.

Declaro que quiero profundizar en aquellas divinas palabras de Jesús, que forman el carácter distintivo de este humilde Instituto: aquellas que pronuncia mas de una vez Jesús, cuando viendo a las gentes en Judea, abandonadas como rebaño sin pastor, exclamó: “En verdad la mies es mucha y los obreros pocos. Rogate ergo dominum messis, ut mittat operarios in messem suam”. Considérense estas palabras como especialmente dirigidas a los miembros de este pío Instituto, como si ellos las hubieran recogido directamente de la boca de Jesús. En este espíritu me consideraré afortunado también yo de ser llamado a instruirme en estas divinas palabras, a las que dedicaré mi vida y mi misma persona. Consideraré frecuentemente lo conveniente de esta santa misión, y el voto de obediencia, en función de este mandato divino, al que somos llamados en este pío Instituto.
Consideraré que la Iglesia de Cristo es el gran campo cubierto de mies, que son todos los pueblos del mundo y las innumerables multitudes de almas de toda clase social y condición. Consideraré siempre cómo la mayor parte de estas mieses perecen por falta de obreros, ¡ y no sólo en tierras de infieles o países escindidos de la comunión con la Iglesia Católica, sino también en tantas tierras cristianas y en tantas ciudades católicas y en tantos y tantos pueblos rurales¡. Sentiré mi corazón traspasado por tanta ruina, especialmente por las tiernas mieses que son las nuevas generaciones; me identificaré con las íntimas penas del Corazón Santísimo de Jesús por tanta continua y secular miseria, y acordándome de su divina palabra: “Rogate ergo Dominum messis ut mittat operarios in messem suam”, consideraré que, para la salvación de los pueblos, de las naciones, de la sociedad, de la Iglesia, y especialmente de los niños y jóvenes, la evangelización de los pobres, y para cualquier otro bien espiritual y temporal para la familia humana, no puede haber remedio más eficaz y soberano que este, mandado por Nuestro Señor Jesucristo, es decir, suplicar incesantemente al Corazón Santísimo de Jesús, a su Santísima Madre, los ángeles y santos, para que el Santo y Divino Espíritu suscite El mismo, con vocaciones omnipotentes, almas selectísimas, sacerdotes de celo y caridad para la salud de las almas, y para que el Dios Omnipotente quiera crear estos nuevos y selectos apóstoles y almas de selecta santidad, de toda clase social. Consideraré que para nada valen las fatigas de los hombres y de los mismos Prelados de la Iglesia para formar sacerdotes santos, y no los formarán nunca, si Dios mismo no los forma, lo que no puede darse si no se sigue aquel remedio soberano indicado claramente por Nuestro Señor Jesucristo, si no se obedece con gran fe, celo y santo entusiasmo a aquel divino mandato salido muchas veces del divino celo del Corazón de Jesús: “Rogate ergo Dominum messis, ut mittat operarios in messem suam”.
Dedicaré a esta oración incesante, o bien a esta “Rogación Evangélica del Santísimo Corazón de Jesús”, toda mi vida y toda mi energía, y tendré el máximo interés y dedicación, según nuestras constituciones, para que este mandato divino de Jesucristo Nuestro Señor, poco apreciado hasta ahora, sea conocido y seguido en todas partes. Que en todo el mundo los sacerdotes de los dos cleros, todos los prelados de la Iglesia, todas las almas pías, todas las vírgenes consagradas a Cristo, todos los seminaristas, los pobres y los niños, todos, todos oren al Sumo Dios para que envíe muchos y buenos obreros, sin demora, y de uno y otro sexo, como sacerdotes o laicos, para santificación y salvación de toda las almas sin excepción. Estaré dispuesto, con la ayuda del Señor, a cualquier sacrificio, incluso a dar la sangre y la vida, para que esta “Rogación” se haga universal.

22. DARSE SIN RESERVAS.

Del aprecio y asiduo cultivo de esta Divina Palabra, de la ilimitada obediencia a este mandato divino y del fiel cumplimiento del mismo, reconozco que ha de venir, como inmediata y legítima consecuencia, el que todos nosotros, componentes de este nuestro pequeño Instituto, mientras elevamos súplicas y deseos al Altísimo para que llene la Iglesia y todo el mundo de buenos y evangélicos obreros, es bien justo que procuremos con ardiente celo y con el sacrificio pleno de nosotros mismos, realizarlo también nosotros como obreros evangélicos en la mies del Señor.
Dicho esto, declaro que no quiero evitar ningún trabajo por la gloria del Señor y por la salud de todas las almas. Si no ardiese de una continua sed de almas, me tendré por infiel, negligente y perezoso y considerando todos los motivos, y con fervientes oraciones y con el continuo trabajo, aún obligándome a mí mismo, suscitaré en mí el hambre y la sed por las almas y sienta o no vivas, por mi culpa o no, el hambre y la sed, no cesaré, con la Gracia del Señor y con la fuerza de voluntad constante, de trabajar en la mística mies de las almas. Para este fin, en primer lugar procuraré mi santificación, para que pueda trabajar fructuosamente en la santificación y salvación de los demás. Amaré de tal forma las almas, que por la salvación de una sola, consideraré bien empleada mi vida, aunque estuviera llena de sufrimientos, trabajo y sacrificio; teniendo presente aquella enseñanza de los Santos: que Jesucristo Nuestro Señor ama tanto a una sola alma como a todas las demás juntas, y que si en el mundo no hubiese habido sino una sola, por esta alma Nuestro Señor hubiera sufrido la pasión y la muerte. Consideraré que me han sido confiados muchos dones con el carácter y la potestad sacerdotal, y todos me han sido confirmados, y otros me han sido añadidos al ingresar en esta Congregación Religiosa; y si no los empleo todos para la divina gloria y la salud de las almas, el gran día del juicio me serán pedidas severas cuentas por el Justo Juez.

23. SAGRADO CORAZÓN, PASIÓN, ÍNTIMAS PENAS.

Para enfervorecernos siempre más en el celo de la divina gloria y salud de las almas, para comprender y cumplir exactamente nuestra sublime misión, nuestras Constituciones nos llaman a una particular devoción al Sagrado Corazón de Jesús y a una diaria meditación sobre los misterios de amor y dolor de toda la vida, pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo, pero en modo especial a la meditación profunda sobre las penas íntimas del Sagrado Corazón de Jesús.
Dicho esto, declaro que en cuanto a la devoción predominante al Sagrado Corazón de Jesús, que se da en esta Congregación, nada más dulce, suave y querido para mi alma. Yo me consagro entero a este Corazón adorable y a todos sus anhelos y deseos santísimos. Todos los intereses de este Divino Corazón quiero que sean los míos propios. Me gloriaré de ofrecerme como amante, hijo, esclavo y víctima de este Divino Corazón, y haré por mi parte todo lo posible para que sea conocido y amado en todo el mundo. Donde me uniré preferentemente a este Divino Corazón para no separarme jamás de El, será en la santísima comunión. Entonces diré: “Jesús es todo mío, y yo soy todo suyo: Tenui eum, nec dimittam”. procuraré vivir de la vida del Santísimo Corazón de Jesús.
Con tal fin, no descuidaré nunca la meditación diaria, que se hará en común o privado, sobre los misterios de la vida, pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo; y si puedo, añadiré más. De forma especialísima, conforme a la regla de esta Pía Institución de Rogacionistas del Corazón de Jesús, me entregaré a la meditación de las penas íntimas del Corazón de Jesús, es decir, pensaré y reflexionaré en los profundos y escondidos tormentos del Corazón Santísimo de Jesús, desde el primer instante de su Encarnación, ante los pecados del mundo, ante las ingratitudes humanas, ante el detrimento de las mismas almas de los elegidos y especialmente ante la condenación eterna de tantas almas. me hundiré en este abismo inconmensurable de las Penas del Sagrado Corazón, las cuales superan inmensamente incluso aquellas de su Santísima Humanidad, y sobre las que pocos meditan. Me uniré a las penas del Divino Redentor, para sentirlo en mi corazón y Lo contemplaré naufrago y sumergido en el mar de estas penas inefables en el huerto de los olivos.
A estas meditaciones sobre las penas íntimas del Corazón Sagrado de Jesús, asociaré siempre la meditación en las penas íntimas del Inmaculado Corazón de la Santísima Virgen Maria; porque sólo Ella penetró, comprendió y compartió las penas y preocupaciones de Nuestro Señor Jesucristo.
De estas meditaciones sacaré coraje y fortaleza para todo sacrificio por la inmensa gloria de Dios y por el bien de todas las almas para infinita consolación del Corazón Santísimo de Jesús.

24. EL ESTUDIO.

Para ser más útil al Instituto y a las almas, como exige el buen cumplimiento del ministerio sacerdotal, amaré y cultivaré el estudio.
Me dedicaré particularmente al estudio de la teología moral, de la dogmática, del derecho canónigo, de la ascética y de la mística, así como al estudio de la Sagrada Escritura, que me será predilecto. Leeré buenos libros, los de los Santos padres, de santos y doctos escritores, la historia de la Iglesia; huiré del moderno sistema de estudio, que no cultiva el espíritu.
Todos estos estudios los haré lo mejor que pueda, especialmente para el ministerio de la confesión, de la predicación y de la enseñanza; y siempre por la pura gloria de Dios y por el bien de las almas; teniendo siempre presente el dicho del Espíritu Santo: “Scientia inflat”, y aquel otro del Apóstol: “Oportet sapere usque ad sobrietatem”, y otro del Salmista: “Abominabiles facti sunt in studiis suis”.
Si tuviera que aprender ciencias o letras profanas, lo haré siempre con santa obediencia y con el claro fin de glorificar a Dios, y por la salud de las almas, cuidándome del excesivo interés que vendría a debilitar el fervor y el santo estudio para adquirir sabiduría y la ciencia de los Santos.
Si por la gracia de Dios tuviera gusto y tendencia por las bellas artes, me dedicaré igualmente. por cuanto la obediencia me lo permite, y siempre por la gloria de Dios, el bien de las almas y la gloria del Instituto, reconociendo que también las bellas artes dan mucho a estos santos fines y que son talentos que Dios da gratuitamente y que daremos cumplidas cuentas si los dejamos ociosos.

25. HUMILDAD EN EL ÉXITO.

En el éxito, sea en el estudio sea en las bellas artes, sea en cualquier otra cosa, me cuidaré atentamente del demonio de la vanagloria y de la ambición, así como del amor propio, el cual hace parecer cien veces más lo poco que conseguimos, atribuiré solo a Dios el mérito de todo éxito y a mí el reproche y el convencimiento de que es poco lo que yo hago, y que es culpa mía si no hago más. Y si Jesucristo dice que después de cumplido nuestro deber debemos decir.”Servi inutiles sumus”(Lucas 17,10), ¿qué tendré que decir yo de mí, de aquel poco bien que hago, espiritual, intelectual o temporal, cuando es cierto que hago siempre menos de lo que debería?, diré: “Ut quid terram occupo?”.

26. LA SAGRADA PREDICACIÓN.

Cuando mis superiores creyesen justo dedicarme a la predicación, preferiré siempre la más humilde, como por ejemplo la evangelización de los pobres y niños, y la instrucción catequética del pueblo. Sea en este tipo de predicación o en cualquier otro, evitaré predicarme a mí mismo y cuidaré de predicar a Jesús Crucificado. Los temas y argumentos de mis predicaciones, enseñanzas, panegíricos o sermones, serán siempre moralizadores: combatiré el pecado en todas sus formas. Recordaré las máximas eternas, la necesidad de la oración, trataré de los misterios del amor y dolor de Jesús Señor Nuestro, de los Santos Sacramentos, de la Eucaristía. Seré un celosísimo propagador de la comunión frecuente y diaria, como aconseja el decreto de la Santa Congregación del Concilio. Me serviré en la predicación de la Sagrada Escritura de las Sentencias de los Padres y Doctores, de las vidas de los Santos. Propagaré, cuanto me sea posible, la soberana devoción a la Santísima Virgen bajo cualquier advocación, incluidas aquellas de “Nuestra Señora de la Rogación Evangélica” y “Nuestra Señora del Divino Celo”, cuando estas devociones estén permitidas; la gran devoción al Patriarca San José, y la saludable de los Ángeles y de los Santos: entre los Ángeles especialmente la de San Miguel Arcángel, los Siete Ángeles de
la Presencia Divina, y de los Ángeles de la Guarda. Entre los Santos, la devoción a los Santos Apóstoles, a los Santos Mártires y a los Santos patronos, y entre estos la devoción mundial a nuestro San Antonio de Padua.
En todas mis predicaciones procuraré ser muy claro, de modo que todos, incluso los niños, y los zafios e ignorantes, me entiendan; si bien a veces el estilo podrá tener algunos trazos santamente elevados a las regiones de lo sobrenatural, en los que, si la palabra no se entiende, sí se comprenderá el espíritu, preferentemente por los sencillos. No predicaré nunca sin haberme preparado, sea con un poco de estudio, según el caso, sea con un poco de oración y concentración en Dios, suplicando interiormente a la Divina Majestad por el éxito de la Divina Palabra. Particularmente invocaré la ayuda de la Santísima Virgen del Buen Consejo y de mi buen Ángel de la Guarda.
No me aferraré a compensación alguna por la predicación, pero si se me ofreciera, la consignaré fielmente a mis Superiores.

27. EL MINISTERIO DE LA CONFESIÓN.

Procuraré estar disponible cuanto me sea posible para escuchar las confesiones. Ejercitaré este gran ministerio con gran cuidado y espíritu de sacrificio.
Con este fin estudiaré lo más a menudo que me sea posible la teología moral, especialmente incidiendo en el “caso Moral” mensual, después de haberlo estudiado bien. Me mantendré al día en lo que se refiere al tratado de las censuras, de los casos reservados al Obispo, de las recientes disposiciones de la Santa Sede acerca de la administración de los Sacramentos, de los ayunos y demás. Confesaré preferentemente a los chicos, a los pobres más abandonados y a los enfermos, y no tendré preferencia en el trato por consideración hacia las personas importantes, si bien para no hacer que la esquiven los que se confiesan muy raramente –sean ricos o pobres- me mostraré siempre dispuesto a acogerlos.
Seré muy cuidadoso en las confesiones de las mujeres, aunque sean muchachas. No me haré besar nunca la mano, no las miraré a la cara, no las entretendré con discursos largos e inútiles, y tendré presente la conocida amonestación de San Agustín: “Cum mulieribus, sermo brevis et rígidus”.
Si fuera encargado de confesar a las hermanas del otro Instituto, las Hijas del Divino Celo, estudiaré primero sus Constituciones o Declaraciones, y sabiendo por ellas que es regla de ese Instituto que las penitentes deben realizar ordinariamente en breve tiempo su confesión, no las entretendré largamente, sino que las confesaré en el menor tiempo posible.
Convencido de las grandes dificultades que comporta el cumplir exactamente con el grande y formidable oficio de la Confesión Sacramental, además de recurrir a menudo al estudio, recurriré también más a menudo al Sumo Dios y a la Santísima Virgen, para que me concedan gracias, luz, ayuda y virtudes para cumplirlo santamente.

28. MI CONFESIÓN.

Tratando del gran misterio de la Santa Confesión, que yo debería ejercer con los demás, es preciso que considere que es de igual importancia para mí que yo mismo aproveche el gran sacramento de la penitencia para el bien de mi alma. Por eso, según las normas de las Constituciones, no descuidaré nunca el confesarme. Lo haré al menos cada ocho dias, y antes me prepararé convenientemente. Preferiré ordinariamente a los confesores del mismo Instituto, pero por motivos justificados podré pedir también como ordinario un confesor de fuera, aquel que los Superiores quieran asignarme.
Creyendo que la Confesión no solo fue instituida para borrar los pecados y reconciliarse con Dios, sino que también contribuye maravillosamente a incrementar la vida espiritual cuando el alma se acerca a ella con las debidas disposiciones, procuraré llevar a los pies del confesor un corazón humilde, contrito, sincero y decidido.
Me arrodillaré con profunda humildad y dicho el “Confiteor, con voz y corazón compungidos me acusaré de todos mis pecados de pensamiento, palabra y obras, cualquier mínima falta, incluidas las faltas a las presentes declaraciones o a nuestras reglas: y todo esto con las circunstancias agravantes. No me excusaré en ninguna cosa, nada esconderé, aunque sean pecados veniales; en todo me declararé culpable y nunca echaré la culpa a los demás.
Estimularé en mi corazón el más vivo dolor por las ofensas hechas al Sumo Dios, aunque fueran leves, considerando lo mucho que le desagradan al Señor los pecados del sacerdote aún veniales, y cuán peligrosos son. Me haré el firme propósito de corregirme, como si aquella fuera la última confesión y luego tuviera que morir. Atesoraré las palabras, las amonestaciones y los consejos del confesor, como si me hablara Jesucristo en persona. No descuidaré el ejecutar cuanto antes la penitencia que me haya sido impuesta; y daré las gracias después de la Confesión. Me confesaré cada ocho días, sin embargo, en el caso de que –Dios no lo quiera- hubiese cometido un fallo de cierta gravedad, no me acostaré sin antes confesarme; y esta promesa quiero hacerla de la forma más explícita y solemne; y no pudiendo de ninguna forma confesarme al momento, si bien considero que si tengo buena voluntad encontraré el modo de confesarme el mismo día, me concentraré por la noche delante de Jesús Sacramentado con actos de dolor y de amor.
Además de esto, declaro reconocer que es un gran medio de santificación el confesarse frecuentemente, aún dos o tres veces a la semana; y si esta verdad está firmemente impresa en mi alma, haré todo lo posible para frecuentar este Sacramento más a menudo que cada ocho días, excepto que esto lo hiciera por razón de escrúpulo, en tal caso me atendré a los consejos y a las órdenes del confesor y de los que templan mi conciencia.

29. PERSEVERANCIA EN EL INSTITUTO.

Entrado en este Piadoso Instituto con mi plena elección, recibido en él mucho cariño, y agregándome a esta familia religiosa, siento el deber de amarla y de considerarla como mi familia espiritual.
Dicho esto, declaro en primer lugar que quiero a esto mantenerme fiel con fidelidad y amor. Y aunque antes de pronunciar los santos votos perpetuos, cada uno de los congregados sea efectivamente libre de irse, no obstante, yo rehuyo de la idea de abandonar, acordándome de esa palabra de Nuestro Señor Jesucristo: “El que ha puesto la mano en el arado y después se vuelve atrás, no es apto para el Reino de los Cielos” (Lucas 9, 62), y de este otro dicho del Eclesiástico: “Sé constante en el camino que te ha sido propuesto” (17, 24).
A pesar de esto, si existieran motivos reales para dejar el Instituto antes de los votos perpetuos, tales motivos tendrían que ser un grave relajamiento de la Congregación entera, y no de una sola casa, y en ningún caso pueden ser motivos justificados la dificultad en la observancia de las reglas o de estas promesas, lo incómodo de la santa pobreza, los choques y las contrariedades personales, y los sacrificios que hay que hacer y las fatigas que hay que soportar, las insinuaciones de los demás, la dificultad de tener que aceptar la santa obediencia, el pretexto de la salud y otras excusas parecidas, que reconoceré siempre como tentaciones del enemigo infernal. Para librarme de parecidas tentaciones y ajenas insinuaciones mejor las contaré rápidamente a mis Superiores.
Me guardaré de otra más grave y peligrosa insidia del demonio: la de pedir consejo a sacerdotes de poca perfección, que no entienden nada de la vida religiosa, por aversión a este Instituto, y no le tienen ninguna confianza.
En el caso de que se opusieran a mi perseverancia motivos reales de total relajamiento, no haré nada sin antes haber expuesto todo a mis Superiores, sin antes haber rezado mucho al Corazón de Jesús y a la Santísima Virgen María, y sin haber consultado con sacerdotes santos y prudentes, y preferiblemente del clero regular.

30. HACER PROGRESAR EL INSTITUTO.

Alimentaré y mantendré siempre en mí el afecto a mi Instituto. Todos sus intereses serán los míos. Pondré santo empeño en darlo a conocer, en hacerlo progresar, cuanto humildemente pueda, sea con mis pobres fatigas y sacrificios, sea con mis indignas oraciones, sea con procurar incansablemente mi santificación y la de mis hermanos. Rezaré al Sumo Dios por las buenas vocaciones; y por cuanto podré, según las ocasiones propicias, trataré de fomentar vocaciones según el Corazón de Dios, también hacia el Instituto de las Hijas del Divino Celo. Guardaré con gran celo y fidelidad los secretos del Instituto y los de las personas que a él pertenecen, y esto aún en el caso de que me saliese de él por motivos justos, como los indicados arriba.

31. LOS DEFECTOS DE LOS HERMANOS.

Habiendo sabido que es regla rigurosa de este Instituto comunicar fielmente a los Superiores todo lo que en la casa pueda suponer daño espiritual o material, aunque fuera a una sola alma o a una persona, incluidos los defectos de los hermanos, admito y declaro encontrar muy adecuado este punto de las reglas, que por otro lado es esencial para muchos otros Institutos Religiosos. Así, prometo que estaré fielmente dispuesto a contarlo todo a mis Superiores; sin embrago, tratándose de los defectos de otros, lo haré siguiendo estas normas:
1. Que los defectos sean importantes, habituales, ocultos o inobservados, aunque no sean relevantes.
2. Que si por una o dos veces puedo yo mismo remediar los defectos ocultos, no relevantes e inobservados, procuraré hacerlo con humilde corrección fraterna; no consiguiéndolo, referiré.
3. Referiré con espíritu de caridad y recta intención, con sencillez y verdad, jamás con fines personales o por rencor y sin exagerar o añadir nunca nada.
Por lo que se refiere a esta obligación de referir, no me dejaré vencer por consideración humana, o por el vano temor de disgustar al hermano, o de perder su cariño o su estima en el caso de que se enterara o sospechara de lo que he hecho.

32. RELACIÓN ENTRE LAS DISTINTAS CATEGORIAS.

Puesto que en el Instituto hay diversas categorías de personas, es decir, sacerdotes, hermanos, estudiantes y huérfanos, declaro que mis relaciones con estas diferentes personas se mantendrán dentro de los límites que me asigne la obediencia a mis Superiores.
No me entrometeré por mi iniciativa en ningún asunto particular de estas personas, y menos aún en sus tareas, si no tengo el permiso para hacerlo.

33. OBSERVANCIAS DISCIPLINARES.

No recibiré en el Instituto a personas, conocidos o amigos sin el permiso de los Superiores, ni siquiera presunto, o contra su prohibición. No saldré del Instituto sin su permiso. Al salir del Instituto no me distraeré con vanas compañías, ni haré visitas sin que lo sepan los Superiores, o al menos los tendré informados de todo.
Al caminar y en el tratar, evitaré la curiosidad inútil, las charlas y todo lo que pueda ser de poca edificación, sino que estaré siempre en presencia de Dios y con conducta de sacerdote y religioso.

34. ESPÍRITU DE PARTIDO.

Huiré como de la peste del espíritu de partido, considerándolo como el principio de la ruina total del Instituto; y en cuanto lo vea aparecer, lo combatiré con las buenas exhortaciones, con el ejemplo, con mi sacrificio y recurriendo a los Superiores.
En el caso de que sea llamado a dar mi voto en cualquier relación o en otros asuntos de nuestro Instituto, lo daré en presencia de Dios, según me dicte la conciencia, después de fervientes plegarias y madura reflexión, según lo permita el tiempo, y nunca con espíritu de partido o por humano reparo o por fines personales: suplico a los Sagrados Corazones de Jesús y de María que quieran siempre librar de estas miserias a mí y a mis hermanos en Jesucristo.

35. SANTA INDIFERENCIA EN LOS TRASLADOS.

No estaré apegado a ninguna casa del Instituto o persona alguna del mismo, sino que con santa libertad de espíritu, buscando tan solo a Dios y el verdadero bien de la Congregación, estaré pronto a aceptar el traslado a cualquier casa del mismo y cualquier cargo que se me confíe.

36. EN CASO DE ENFERMEDAD.

En caso de que me sienta enfermo o necesite atención médica, cuidaré de que la enfermedad no sea para mí motivo de relajación. Me entregaré a la caridad de los Superiores y hermanos y no seré ni exigente, ni impaciente, sino que pensaré que incluso en caso de enfermedad el siervo del Señor tiene que observar la santa pobreza, tiene que aceptar el sufrir alguna estrechez o algún abandono como permitido por Dios, y debe dar mejor ejemplo que cuando está sano, porque el buen soldado se prueba en la lucha.

37. ACEPTACIÓN DE EVENTUALES MODIFICACIONES.

Suscribo plenamente estas declaraciones y promesas, después de haberlas examinado durante largo tiempo y haberlas reflexionado atentamente, reconociendo que en ellas se contiene el espíritu del Instituto y de nuestras Reglas y Constituciones.
Declaro desde ahora aceptar cualquier añadido o modificación que en el futuro pueda hacerse a las actuales declaraciones, por parte de la legítima autoridad, con el fin de mejorarlas y adaptarlas a la observancia y mayor eficacia en beneficio del Instituto y de sus miembros; y para cualquier otra cosa aquí no prevista me atendré a la obediencia, a los avisos, a las advertencias de los Superiores y a los usos y costumbres del Instituto.
Con la misma docilidad prometo aceptar las Reglas y Constituciones que se pongan en el futuro por parte de las legítimas autoridades, para que se observen por los componentes de este pío Instituto.

38. LEER LAS DECLARACIONES.

Tendré siempre conmigo la copia que me entregaron de las presentes declaraciones y promesas; y las leeré gradualmente cada día, al menos un artículo cada vez, con atención y detenimiento, adecuando a ellas mi comportamiento; y cuando se lean en común estaré igualmente atento y presuroso por sacar provecho de ellas.

39. OBLIGACION DE LAS DECLARACIONES.

Por lo que se refiere a la obligación en conciencia bajo pecado sobre la observancia de las presentes declaraciones, me conformo con lo que declaran a este respecto todas las Constituciones de los otros Institutos Religiosos, escritas también por Santos; ellos afirman que las Reglas de por sí no obligan bajo pecado. Por ejemplo: en orden al silencio en ciertas horas, a la mortificación, vida comunitaria, etc., cuya omisión implicaría solo venialidad.
A pesar de eso se que todos los santos escritores, entre ellos San Francisco de Sales y San Alfonso de Ligorio, doctores de la Iglesia y Fundadores, enseñan que a las reglas se puede faltar incluso gravemente en los siguientes casos:
1. Si se quebrantan aquellos puntos que coinciden con la misma ley divina, natural o positiva eclesiástica: como sería la obligación del buen ejemplo al celebrar piadosamente los Santos Misterios o el observar el ayuno prescrito por la Iglesia.
2. Cuando las reglas se infringen por menosprecio.
3. Cuando la trasgresión reiterada de las reglas produce escándalo o desorden continuado en la comunidad.
4. Cuando el trasgresor, por sus reiteradas trasgresiones, se pusiera en peligro de perder la vocación y de caer en faltas graves.
Con estas premisas, declaro que si alguna vez, por humana fragilidad o instigación del diablo faltara contra alguna de las presentes declaraciones o promesas, ruego desde ahora a mis Superiores que me adviertan y me amonesten, y, necesitándolo, me reconvengan estas promesas y declaraciones suscritas por mí, declaraciones que permanecen en su poder como documento que yo, al entregarlo a ellos, es como si lo hubiera entregado en las mismas manos de Jesucristo Señor mío. Y en el caso de que me atreviera a contradecir las advertencias y amonestaciones que me hagan los Superiores, o intentara excusarme, y por último infringiera esta sagrada alianza, declaro ya desde ahora que esto ocurriría únicamente por mi culpa, por ofuscamiento de mi mente, por instigación diabólica, por mi mera soberbia, cualesquiera que sean mis falaces razones, sofismas y subterfugios con los que intentara justificarme. Además repito aquí lo dicho de pasada en el artículo 28, es decir, que en caso de que trasgrediera las presentes declaraciones y promesas, será motivo de confesión para mí.

40. REZAR POR LA PERSEVERANCIA.

Finalmente, sintiendo una gran necesidad de la ayuda de Dios para observar estas santas promesas y perseverar fielmente en ellas hasta el final de mi vida, yo ruego humilde y encarecidamente a mis Superiores y a mis compañeros que pidan por mí al Señor Jesús y a la Virgen la ayuda divina, así como yo también me propongo pedirla a Dios Misericordioso; más aún, pongo desde ahora esta intención cada vez que rece el Oficio Divino o que celebre la Eucaristía, como también en el rezo del rosario y también en cada obra de caridad, que por la gracia de Dios haré en este Instituto, y en todo sufrimiento que el Señor me envíe.
Declaro reconocer que esta ayuda de Dios nunca me faltará mientras yo tenga estas intenciones y persevere en la buena voluntad; faltando ésta, todo se perdería únicamente por mi culpa: “¡Quod Deus advertat!”.

Estas declaraciones y promesas fueron míseramente escritas por mí en San Pier Niceto, durante la novena de la Asunción de la Virgen, y acabadas precisamente el día quince de agosto de 1.910, lunes, a las 4 de la tarde.
Laus Deo et Mariae.

Sacerdote indigno
María Aníbal Di Francia